“Mi padre era idealista, romántico y, como buen vasco, muy religioso…”
Natalia Beloqui
Leoncio Beloqui Usin era el padre
de mi madre, Maria Beloqui; en consecuencia era mi abuelo. No llegamos a
conocernos, murió antes de que yo naciera. Tampoco el resto de sus nietos le llegaron a conocer.
Un retrato suyo de medio cuerpo
presidía la sala de la nueva casa de los Beloqui en la calle Alonso Cano de
Madrid. El retrato era el de un tipo con mostacho y guapo de cara. Durante
mucho tiempo aquel retrato y su dedicación profesional a la lírica eran las únicas
referencias que los nietos teníamos de él.

Leoncio nació en Azpeitia, en
1871 – año en que fue proclamada La Comuna de Paris – Era el séptimo de los once hermanos nacidos de Juan Beloqui y Manuela Usin “.Quedó inscrito en el
Registro Civil de Azpeitia a las 11 horas del 13 de setiembre de 1871 en
presencia de don Jose María Larrañaga, alcalde y secretario, por Don Juan
Bautista, propietario y molinero que vive en el 4º piso de la casa numero 2 del
Arrabal de las Monjas.”
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| Nº 2 calle del Arrabal de las Monjas. (Azpeitia) |
El padrón de 1881, diez años
después de su nacimiento, es el ultimo documento oficial que existe en Azpeitia
en el que aparece Leoncio y seis de sus once hermanos. Cinco de ellos ya no
figuran empadronados allí.
Los cuatro más una sirvienta,
Agapita Blasco, vivían en la calle Columela número 2, en el barrio de
Salamanca.
Parece que Francisca hizo valer
su autoridad de ama de la casa y acogió en ella a su hermano.
En octubre de 1902 Francisca
muere de tuberculosis. No queda constancia de lo que pasó a continuación en
aquella familia, tan solo queda el testimonio de unos tarjetones para notificar la celebración de una misa por el alma de Francisca en la
iglesia de los Jerónimos de Madrid firmados por Lesmes como único deudor de la difunta.
Cinco años más tarde, en abril de
1907, Leoncio Beloqui se presenta en el
juzgado municipal de La Inclusa para inscribir un niño, Antonio, que había
nacido el 31 de marzo de aquel año y que era hijo suyo y de Agapita Blasco, la
que fuera sirvienta en la casa de Francisca y Lesmes. El domicilio de la familia que consta en el registro
estaba en la calle San Dámaso, en el distrito número 7 de la ciudad, muy cerca
de la margen derecha del río Manzanares y de la Sacramental de San Isidro y muy
lejos de la calle Columela y del barrio de Salamanca. Se trataba de una zona de
Madrid muy humilde.
En los cinco años transcurridos
entre la muerte de Francisca y el nacimiento de Antonio han pasado bastantes
cosas pero no se sabe el orden. Leoncio y Agapita tienen un romance, aunque es
posible que existiera antes de la desaparición de Francisca. Es fácil sospechar
que la muerte de ésta precipitara las cosas. Sin su hermana en la casa, la
situación de Leoncio allí debía de ser incomoda y quizá esta circunstancia le
empujara a marcharse. Si bien es posible
que el y Agapita ya hubieran decidido
casarse y vivir juntos antes de la muerte de Francisca.
Sea como fuera cinco años después
Leoncio y Agapita se han buscado una nueva casa, se han casado y han hecho una
criatura.
Que Leoncio se casara con la
sirvienta de la casa de su hermana no era un hecho frecuente, el era plenamente
consciente de ello, de la misma manera que sabía que en Azpeitia no lo
aprobarían. Pero entonces Madrid y Azpeitia estaban muy lejos.
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| Vista aérea de Azpeitia en el año 1959. |
Agapita Blasco Romero, esposa de
Leoncio era de Mochales, un pueblo de Guadalajara. Un año y cuatro meses
después del nacimiento de Antonio se va a Mochales para tener un segundo hijo,
que nació el 28 de julio de 1908. De Antonio no se supo nada más, cosa que hace
pensar en un fallecimiento prematuro.
Después del nacimiento de Juan
José que así se llamó su segundo hijo, Leoncio, Agapita y el niño vuelven a
Madrid, pero Agapita no está bien de salud y tienen que hacer venir un ama de
cria para que alimente al niño. El medico les aconseja que Agapita se vuelva al
pueblo con la esperanza de que allí se recupere. Leoncio y el niño se quedan en
Madrid. La salud de Agapita empeora y
hacen venir a Leoncio al pueblo. Agapita sabe que va a morir y quiere
dejar las cosas de su familia en orden.
Para que ocupe su lugar le habla
de una amiga del pueblo: Angela. Le dice que cuando ella se muera la busque y se
case con ella. Sabe que le recibirá bien, pues Angela ya había tenido ocasión
de conocerle en un viaje de paso por Madrid.
Una vez más Leoncio contó con un
ángel protector. Agapita dejó
encarrilada la vida de él y del niño y se fue en paz de un mundo que la trató francamente mal. Las cosas salieron
como ella había previsto: Angela se haría cargo de Leoncio y su hijo.
Al morir Agapita, Leoncio se
presentó a la familia de Angela. Aquel guipuzcoano bien plantao, vestido de
forma elegante, como hombre de escenario que era y a punto de naufragar, debió
conmover a la familia. Un hermano de Angela fue al convento donde estaba como
postulanta, a llevarla el recado de Leoncio. Angela aceptó encantada la
proposición, se cambió la ropa de un vuelo, cerró la puerta del convento por
fuera y se fue a Mochales a gestionar el acontecimiento
Una vez casados volvieron a
Madrid. Leoncio Tuvo el gran detalle de
plantearle a su nueva mujer que, en vista de lo poco que se conocían y las
circunstancias en que se había celebrado la boda, el matrimonio no se consumaría
hasta que ella lo quisiera. Angela decidió guardar las formas durante un tiempo.
Llegados hasta aquí es oportuno
conocer algunos detalles importantes de la vida de Angela. Ha quedado dicho que
ella y Leoncio se habían conocido fugazmente en Madrid, en la estación de
Atocha para se exactos. Angela llegaba allí camino de Panticosa y para seguir
viaje debía cambiar de estación atravesando Madrid hasta la estación del Norte.
Para una joven de Mochales podría ser complicado, así que la familia pensó que
el prometido de Agapita - que estaba
solo en Madrid mientras ella estaba en el pueblo con los preparativos de la
boda – podría acompañarla.
Cuando a la vuelta de Panticosa,
Angela y Agapita se reencontraron, a la pregunta de Agapita de qué le había
parecido su novio, Angela le respondió castiza y tajante “Te lo cambio por el
mio y te doy dinero”. Escasamente unas
horas le bastaron a Angela para saber de que madera estaba hecho el
de Azpeitia.
Así que después de unos años
Agapita se lo volvió a mandar. A pesar
de que en el lote venía de regalo una criatura de meses, Angela vió el
cielo abierto para alejarse definitivamente de la vitalidad torrencial de doña Eusebia,
su madre, y del resentimiento que aquella mujer provocaba en el pueblo que no
le perdonaba que hubiera enterrado a dos maridos, heredado sus tierras y
haberse vuelto a casar; esta vez con el capataz que cuidaba las fincas de los
difuntos, un hombre fuerte y más joven que ella y con el que tuvo tres hijos
más
En definitiva se puede afirmar
que Angela, al irse a Madrid, tomó la mejor decisión de su vida a pesar de que
emprendiera el viaje con un hombre cuyo sustento dependiera de algo tan
improbable como la lírica. Era una mujer fuerte, de carácter notable, que sin
pestañear pasó de ser postulanta en el convento de Sigüenza a hacerse con una
nueva vida que de forma inesperada se le había puesto delante.
A los tres meses del casorio y
con todo en orden, decidió que ella y Leoncio ya se conocían bien y en 1911
nace Maria, su primera hija. Después llegarían cuatro hermanos más, todos en la
calle San Cayetano 2, en el barrio de Embajadores, del que no saldrían hasta
treinta años más tarde.
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| Leoncio, Angela y sus tres hijos mayores: Juan José, Luisa y Maria. |
Por entonces, a pesar de que Leoncio
ya tenía cierto nombre en los medios líricos de Madrid, hay pocas referencias
documentadas sobre el; solo se encuentra una entrada en la Enciclopedia Vasca
en la que se le cita como “artista
lírico del genero barítono, formo parte de La Compañía Italiana de Opera que
vino a Bilbao en la Pascua de 1914…” siendo del Diccionario Biográfico de
Cantantes Vascos de opera y zarzuela de
Nino Dentici de donde se toma la cita. Lo que confirma los recuerdos de Angel,
uno de sus hijos, según los cuales su padre viajaba a Bilbao durante la
temporada de opera.
Pero lo que daban de si estas
actuaciones no debían cubrir las necesidades de la familia, por lo que es
probable que también actuara en Madrid en alguna compañía. Entre contrato y
contrato Leoncio conseguía encargos para cantar en actos religiosos, funerales
y entierros. Lo que explica que el compositor Luis Falquin en 1912 le dedicara así un miserere: “A mi amigo Leoncio
Beloqui “.
Leoncio y Falquin debían trabajar
juntos y compartir las fatigas y anhelos que conllevaba una pasión tan hermosa
como poco rentable.
Por suerte el patrimonio de
Angela – de nuevo en la vida de Leoncio aparece un angel protector - y las
rentas que proporcionaban las tierras de Mochales daban la estabilidad
económica para que los hijos que iban
llegando y haciendo pequeño el segundo piso de San Cayetano fueran saliendo
adelante.
Me puedo imaginar a mi abuelo
recorriendo Madrid, desde la Sacramental de San Isidro hasta la Catedral y de
allí llegar hasta el Oratorio del Olivar, entrando en las numerosas iglesias
que se encontraba a su paso en la parte vieja de la ciudad, para saber si
estaba prevista alguna celebración donde fuera necesario un cantor. Así debió
conocer a un paisano, Juan Mendibelzua, dominico, nacido en Bilbao en 1878, que
estudió en el Seminario de Salamanca - donde unos años antes lo hizo Leoncio - sacristán mayor y organista
del Oratorio del Olivar, con el que, pasado el tiempo, compartirían el más duro
episodio de sus vidas.
Ya estamos en el segundo decenio
del siglo XX que para la familia
Beloqui transcurrirá de forma
tranquila, pautada de manera natural por los sucesivos nacimientos. Maria, la
primera Beloqui Gutierrez, llegó en noviembre de 1911. Tres años más tarde nace
Luisa. El siguiente, Natalio, murió poco
después de nacer Ya en los años veinte las
cosas no cambian: llegan Natalia, 1921, Angel en el 23 y en el 25 Leoncio.
Entre este y Juan José hay una
diferencia de 17 años. A esa edad Juan José ha acabado el bachillerato en
el Instituto San Isidro. Es un
estudiante trabajador y brillante que se gana la matricula de honor y al mirar
la lista de los mencionados con la distinción, descubre que, lo que el creía
era un error administrativo en el que
habían confundido su segundo
apellido, no era tal y en la secretaría del instituto le muestran la
documentación en la que efectivamente aparece inscrito como Juan José Beloqui Blasco hijo de Leoncio y Agapita,
señora de la que hasta ese momento no había
tenído ninguna noticia
Ese dia se presenta ante sus
padres, con la distinción máxima que se le otorga a un estudiante de bachiller
y destrozado porque resulta que su madre no es Angela y sus hermanos lo son a
medias.
Me imagino el camino de Juan José de vuelta del San Isidro a casa; a su padre con la mención de la matricula en sus manos completamente
bloqueado, mirando a su hijo sin saber que decirle y a Angela abrazando a Juan
José muy fuerte diciendole: “Tu eres mi hijo mayor y aquí no ha cambiado nada”.
Más tarde vendrían las explicaciones.
No creo que sea necesario
decirlo, pero de la descripción de esta escena, soy yo el único responsable.
Ya corren los años veinte que en
España se viven con cierta euforia y Madrid se transforma en una gran metrópoli.
En la familia Beloqui, las cosas deben ir bien.
En 1925 llega el último hijo y le
ponen Leoncio.
Juan José se decide a estudiar
medicina; de 1927 se conserva su “Carnet
de identidad escolar” certificado ni más ni menos que por Juan Negrin Lopez
Catedrático Secretario de la Facultad de Medicina y que 10 años más tarde sería
jefe de gobierno de la República.
En el carnet hay una foto de Juan
José, elegante, con traje, chaleco y pajarita, quizás sus rasgos sean la
herencia que le dejo su madre, pues con el padre no se encuentra parecido.

Del 1927 hay otro carnet más de
Juan José, el del “Comité Paritario Interlocal de Coristas de Madrid “ Se trata de una tarjeta profesional con el
numero 00035.
Es posible que los rasgos físicos
no fueran los de su padre, pero Leoncio si le transmitió su pasión por la
música.
Ángel, el penúltimo de los
hermanos también se vio envuelto en eso del canto. Siendo muy niño ya iba al
Oratorio del Olivar donde Mendibelzua le daba clases para cantar en los oficios
de las “novenas”. Según Ángel la cosa llegó al punto de que en el barrio los
conocían como los cantores. Debía ser habitual que al pasar por San Cayetano 2
se oyeran los trinos que salían del segundo piso
Todo hace pensar en una familia
feliz, los hijos, a medida que se hacen mayores responden a un camino bien
trazado y las cosas siguen un curso natural y sin sobresaltos.
En 1929 Mari, la hija mayor, con
18 años entra a trabajar de mecanógrafa en la Asociación General de Ganaderos
del Reino que tenía su sede en la calle Huertas, cerca de San Cayetano. A
Luisa, la segunda, un poco más tarde la contratan en “La editorial Católica” fundada
por Ángel Herrera Oria que en 1931 creó Acción Popular partido católico y
abiertamente conservador. Luisa entró como secretaria del consejero delegado de
la editorial Francisco Herrera jesuita y
hermano del que fuera fundador de la editorial y el
partido y que posteriormente dejo la política en España para dedicarse
exclusivamente a su vocación religiosa.
Juan José acaba Medicina y
empieza a ejercer en Madrid en una moderna clínica situada en una de las zonas
por donde la ciudad estaba creciendo
La entrada de los treinta en
España abrió una década convulsa en contraste con la bonanza y estabilidad de
los años veinte. Los Beloqui se vieron envueltos de lleno en una sucesión de acontecimientos de gran
transcendencia que tuvieron su eje en
Madrid y que se iniciaron con el resultado
de las elecciones municipales celebradas en Abril de 1931, en las que las
candidaturas republicanas consiguieron la mayoría en cuarenta capitales de
provincia. Dos días más tarde, el 14 de Abril, es abolida la monarquía y se
proclama la Segunda República Española.
Leoncio Beloqui no se mantuvo al
margen. Tener algo más de 60 años y un montón de hijos no fue obstáculo
para posicionarse de forma activa, de
acuerdo con sus profundas convicciones religiosas y conservadoras, optando por
formar parte, según el testimonio de sus hijos, de Acción Popular, el partido
fundado por Ángel Herrera Oria, que más tarde constituiría el núcleo principal
de la CEDA.
De la filiación de mi abuelo a
Acción Popular no quedan pruebas documentales en el Archivo Histórico Nacional.
Lo que puede deberse a que tuviera relación con personas de cierta relevancia
en el partido sin estar afiliado o a que los ficheros de Acción Popular fueran
destruidos por la propia organización al ser esta considerada como enemiga de
de la República y declarada ilegal; Quizá se dieran ambas cosas, pues la
Asociación General de Ganaderos del Reino donde trabajaba Mari era una
organización que ya en su nombre deja claro de que pie cojeaba y Luisa, la
segunda de las de las hijas de Leoncio, era la secretaria de Francisco Herrera
Oria, consejero delegado de La Editorial Católica y hermano de Ángel que como
ha quedado dicho fue el fundador del Acción Popular y de la editorial
Cuando Mari entró a trabajar en la Asociación de Ganaderos era el año 29 y Acción Popular
se fundaría dos años más tarde; de Luisa no sabemos el año de su incorporación
a la editorial lo más probable es que fueran dos o tres años después, es decir
que el partido o no existía aun o estaba en formación; por lo tanto el abuelo
debía formar parte del circulo social en que se asentó, pues da la impresión
que los trabajos de Mari y Luisa salieron de ese circulo del cual el abuelo era
parte.
Cabe la posibilidad que, si fuera
cierto que Mari y Luisa se “colocaran” en sus trabajos por las relaciones de su
padre con personas influyentes, con el paso del tiempo estas exigiesen un peaje: en 1933 Mari se
afilió al partido con la cuota de una peseta al mes. De eso si quedó prueba
documental guardada en el “Negociado de Nóminas” organismo creado por la
Dirección General de Seguridad republicana para detectar posibles infiltrados
en sindicatos o empresas que había pasado a ser administradas por la República.
La victoria del Frente Popular en
las elecciones de febrero de 1936 comportó un movimiento de oposición entre las
organizaciones de derechas, la Iglesia y una parte mayoritaria de los jefes del
Ejército, que derivó en una conspiración para derrocar el gobierno del Frente
Popular; en esa conspiración la CEDA con Acción Popular como partido fundador,
constituía la base civil. Al poco la conspiración era un secreto a voces y la CEDA fue declarada ilegal. En la casa de
los Beloqui este asunto tuvo consecuencias.
Ángel, el penúltimo de los
hermanos, relata cómo su padre se queja de las represalias que sufre en el ejercicio
de su profesión por su condición de católico devoto y su desafección al
gobierno del Frente Popular: “En casa no teníamos dinero, solo el que ganaban mis hermanas, mi padre no podía ganar un duro, pues, como el decía, ni de
corista podía cantar porque estaba perseguido”.
“HAN ASESINADO A CALVO SOTELO “
“Luisa vino un día de su lugar de trabajo, La Editorial Católica, diciendo:
-Han asesinado a Calvo Sotelo.
Vi a mis padres en una situación
de inquietud y alarma. Este día era el 13 de Julio de 1936 “(párrafo de los
recuerdos de Ángel Beloqui, hijo de Leoncio).
Dos días más tarde, el 15 de
Julio, Luisa es encargada de llevar un mensaje urgente del General Mola al jefe
de los militares conspiradores de África, el Teniente Coronel Yagüe:
“Sin perder tiempo y con lo puesto salí para Algeciras.
“Sin perder tiempo y con lo puesto salí para Algeciras.
- Señorita ha llegado usted tarde
( era el día 16 ) es de todo punto imposible. La orden ya está dada y la
contraorden sería fatal.
Ya no cabe ningún aplazamiento,
ni si quiera este de 24 horas que indica el General Mola”
La razón, según el ayudante de
Mola, Félix Maíz, era que en algunos cuarteles se estaba preparando una
sublevación de la tropa dirigida por oficiales afines al gobierno del Frente
Popular.
Luisa tenía entonces 22 años,
Ángel recuerda que "Tiempo atrás acompañé a mi hermana a la Dirección General
de Seguridad, que estaba en la calle Serrano, a sacar un pasaporte…Unos días
después faltó de casa y dijeron mis padres que se había ido no recuerdo donde.
| Luisa Beloqui. |
Mi padre debió participar en esta
colaboración de su hija, dándole autorización para realizar el viaje. Me
imagino que mi madre tendría algún conocimiento sobre este asunto.
Cuando volvió (Luisa) trajo un
quimono muy bonito, negro y con rosas rojas y verdes y un perfume…”
Luisa tenía un fuerte compromiso
político; en línea con las convicciones políticas de su padre. Según Leoncio hijo, también era
de “Acción Popular”.
No era ajeno a toda esto el hecho
de que Luisa trabajara en La Editorial Católica como secretaria de Francisco
Herrera, hermano del que había sido fundador de la editorial y del partido
“Acción Popular”, que más tarde sería el núcleo fundacional de la CEDA,
organización que le proporcionó a Mola la trama civil indispensable para sacar
adelante el golpe contra la República.
El jefe de Luisa, Francisco
Herrera, tenía una estrecha relación con Gil Robles que se había puesto
abiertamente al lado de los conspiradores.
A partir de la relación con Gil
Robles, Francisco Herrera, colabora en la preparación del alzamiento sirviendo
de enlace entre Madrid, Mola (Pamplona) y Yagüe (África)
En esa red de enlaces que servían
para comunicarlos centros de conspiración, era donde encajaba Luisa. Pero no se
puede asegurar que además de aquel viaje a África, participara en alguna otra
misión.
Eran días decisivos para la
sublevación. Los acontecimientos se sucedían creando una atmosfera trágica: al
asesinato de una personalidad del bando republicano, se respondía con otro de
los conspiradores; resultando una situación envenenada a punto de desbordarse.
Los jefes de las guarniciones
potencialmente rebeldes presionaban a Mola para que fijara la fecha del
pronunciamiento. Yagüe envía al capitán Imaz a Pamplona con una carta para
Mola: “¿Qué pasa?” Es en resumen su contenido; desde África no entienden que
aún no haya una fecha para la sublevación
El día 12 Imaz sale de Pamplona
con destino a África, llega a Madrid la mañana del 13. Esa madrugada aparece el
cuerpo de Calvo Sotelo en el Depósito de Cadáveres del cementerio de la
Almudena.
La noticia del asesinato despeja
de dudas y titubeos a los partidarios del golpe. Cuatro días más tarde, en África, los
militares rebeldes ganan la partida a los que permanecían leales a la
República.
Es ilustrativo de esa tensión que
lo penetraba todo, la narración que el menor de los Beloqui, hace de lo que
vivió los días 17 y 18 de Julio:
“El 10 de julio nos trasladamos a
Cercedilla unos 20 niños (Iban a pasar un mes de vacaciones) … Los días 17 y 18
fueron movidos pues los sacerdotes estaba intranquilos. De repente en la mañana
del 19 nos hacen levantarnos a las siete y nos indican que recojamos toda la
ropa pues nos vamos…
Nos esperaba un autocar con la
bandera roja y la hoz y el martillo en los laterales y nos hicieron subir solo
a los niños. Conducía el autocar un hombre con un gorro de militar y en el
asiento derecho otro con un fusil que asomaba por la ventana. Llegamos a la
Gran Vía y allí nos esperaba nuestras familias
En la Península el golpe fracasó
en las regiones y ciudades más pobladas, quedando España dividida en dos
mitades.
En Madrid el pronunciamiento
militar se encontró con una respuesta masiva que no da opción a los sublevados.
La lucha fue rápida y cruel. El ambiente de enfrentamiento bélico se adueñó de
los barrios más populares como Embajadores donde vivía los Beloqui.
La angustia de la guerra se coló en la familia.
La angustia de la guerra se coló en la familia.
“Recuerdo terrible del primer día
de guerra – escribe Angel. Debió ser el día 19 cuando los militares del Cuartel
de la Montaña se hicieron fuertes. Recuerdo que daban armas en la calle de la
Encomienda a los milicianos que subían por la calle de Embajadores; un gentío
inmenso gritando Amnistía se dirigía al Cuartel de la Montaña…Empezaron los
combates en el cuartel, se oían tiros y cañonazos…”
“DEJALA
QUE SE QUEME”
La iglesia de San Cayetano, que
estaba en la calle de Embajadores, a unos cincuenta metros de la casa de los
Beloqui, fue incendiada cuando se desató la violencia que dejó Madrid en manos
de lo mejor de cada casa.
Ángel mientras contemplaba como
el fuego la engullía, oía como alguna gente le
decía a los bomberos:
“¡Déjala que se queme! “y su conmoción
aumentaba delante del odio que acompañaba aquella destrucción sin sentido. A
San Cayetano le siguieron la Catedral de San Isidro y otras muchas.
Los Beloqui debían estar aterrorizados; el más afectado debía ser mi abuelo. Ni en su peor pesadilla podía haber imaginado aquella situación. Los sublevados sabían que habría complicaciones, pero nada que fuera tan importante como para frenar el golpe y creían que en poco tiempo se harían con el poder. Entre los partidarios civiles reinaba la confianza en un desenlace rápido, de tal manera que mi abuelo vió como su familia quedaba atrapada en un Madrid inmerso en el caos.
Los Beloqui debían estar aterrorizados; el más afectado debía ser mi abuelo. Ni en su peor pesadilla podía haber imaginado aquella situación. Los sublevados sabían que habría complicaciones, pero nada que fuera tan importante como para frenar el golpe y creían que en poco tiempo se harían con el poder. Entre los partidarios civiles reinaba la confianza en un desenlace rápido, de tal manera que mi abuelo vió como su familia quedaba atrapada en un Madrid inmerso en el caos.
” En los últimos días de Julio (
Recuerda Leoncio hijo) mi madre lloraba desconsolada porque la Iglesia de San
Cayetano había sido quemada; en el portal donde estaba el cuadro de la Virgen
de la Paloma, habían entrado los milicianos y lo habían destrozado. Mi madre
decía: “¡ Qué les habrá hecho la virgen?” .
Ahí empezó la República a perder
la guerra…
Mi abuelo veía como su barrio
estaba dominado por gente armada sin ley y sin una autoridad visible a la que
poder recurrir. Lo peor es que el había apoyado, bajo la promesa de una
solución rápida, a las fuerzas que había desencadenado aquel disparate.
En fin, el mundo se le hundió
bajo sus pies; cosa que a los 65 años es difícil de afrontar. Sin embargo
aunque Juan José, el mayor de los hijos estaba fuera de Madrid, sus hijas
María, Luisa y también Natalia eran ya tres mujeres fuertes que sabrían
mantener la familia a flote. En ellas encontró Leoncio otra vez, a los ángeles
que se han ido turnando en su protección a lo largo de la vida: Francisca,
Agapita, Ángela y finalmente Marí, Luisa y Natalia que entraron en escena
cuando más las necesitaba.
JUAN
MENDIBELZUA UCERIN
En Madrid las diferentes milicias
y grupos incontrolados iban a la caza de todo lo que oliera a cera y sotana. El
organista y sacristán mayor del Oratorio del Olivar Juan Mendibelzua tuvo que
ocultarse en casa de una familia.
“…Debía de ser mediado el mes de
agosto de 1936; al volver a casa de jugar yo (se trata de Ángel) con mi
hermano, nos encontramos a un señor en casa y nos dijeron que se trataba del
tío Juan. Yo le conocía del Oratorio.
Al parecer la cosa se puso
bastante fea con los registros y la casa donde estaba ya no era segura. El
resultado es que se acordaron de nuestros padres para auxiliar al dominico. A
pesar del riesgo que suponía tener un fraile en casa, tomaron la decisión de
darle cobijo el tiempo que fuera necesario. Fueron a recogerle mi made y mi
hermana Luisa…”
“…En casa no teníamos dinero,
solo el que ganaba mi hermana Mari…El padre Juan trajo unas pesetas, pero
pronto se acabaron. Mi madre compraba las cosas que en aquella época se podían
comprar… Esas cosas las reservaba mi madre para mi padre, pero el trozo más
grande se lo comía el “tío Juan”.
Mi hermano Juanjo estaba en el
Tiemblo de medico, en la llamada “Columna Rosal” (Formada por gente de la CNT y
comandada por Francisco del Rosal Rico y Cipriano Mera). Montó un hospital
móvil en un camión. Con frecuencia venía a Madrid.
En esos viajes dijo a mis padres
que “los nacionales” estaban cerca y que vendría a recoger en varios viajes a
la familia; mi padre dijo que se llevara el primero al padre Juan y luego al
resto de nosotros. Al parecer por el aspecto del padre Juan los milicianos que
le acompañaban no se atrevieron por la alarma que podía dar el traslado de un
fraile. Dijo Juan José que se fuera también nuestro padre, pero el no quiso por
temor a que no pudiera evacuarnos a todos… Pocos días después Madrid y El Tiemblo quedaron incomunicados y
nada supimos de mi hermano.
“…Debió ser a mediados de octubre
cuando, volviendo a casa mi hermano Leoncio y yo, nos encontramos unos coches
de milicianos en la puerta; apenas nos dejaron pasar; estaban registrando la
casa, los libros de opera estaban en el suelo y medio rotos, los trajes de
opera de mi padre también estaba tirados. El colchón donde dormía el padre Juan
lo habían destripado para buscar dinero…
Por la tarde, los milicianos se
llevaron a mi padre y al dominico…”
DE NUEVO LOS ANGELES
PROTECTORES
“Mis hermanas (Sigue recodando
Ángel) comenzaron a buscar paisanos en el partido separatista vasco” – Se
trataba del Partido Nacionalista Vasco - Luisa, que por su actividad política
debía conocer la organización de apoyo mutuo que la Delegación General de
Euskadi había constituido en Madrid, llamada
el “Negociado de Presos y desaparecidos”, encontró al Ministro sin
Cartera – posteriormente, con Negrin de presidente, lo fue de Justicia - Don
Manuel de Irujo.
“Según me
contó mi hermana Luisa el propio Irujo fue a la Dirección General de Seguridad,
dio los nombres de Leoncio Beloqui y Juan Mendibelzua. Solo consiguió sacar esa
noche a mi padre, con la promesa de que al día siguiente, una vez tomada
declaración, liberarían al padre Juan…”
![]() |
| Don Manuel de Irujo. |
Que un
Ministro no consiguiera la puesta en libertad de los dos detenidos, da una idea
del vacío de poder de aquellos primeros
meses en los que las milicias de las diferentes organizaciones
sindicales y políticas hacían y deshacían, actuando como una policía paralela, con
sus propias patrullas, centros de
detención y situándose al margen de cualquier control del Estado.
Por esa
razón en el Archivo Histórico Nacional no existe constancia ni documentación de
la detección de mi abuelo y de Juan Mendibelzua.
“Mi padre
llegó, acompañado por Luisa y Natalia, muy entrada la madrugada… Decía mi madre
que mi padre pasó unas horas de verdadera agonía pues, al salir pensaba que le
darían el llamado “paseo”…
Seguimos
la pista del padre Juan. nos dijeron que le habían trasladado a la cárcel
Modelo…Un día mi madre y yo le llevamos una manta; no le pudimos ver...Otra
semana fuimos para entregarle una gabardina y nos dijeron que le habían
trasladado a la checa de Porlier, nos la recogieron diciendo que ellos se la
harían llegar.
Hicieron
gestiones mis hermanas en la checa y en la cárcel y nunca le pudieron encontrar
fingiendo traslados. Debieron matarlo en una de las primera sacas de La
Modelo…”
En la web
de “Los dominicos de España” una de las entradas titulada “Biografías” comienza
así:
“Relacionamos
a continuación una breve semblanza de los mártires beatificados…Entre estos
mártires se encuentra Juan Mendibelzua
Ucerin nacido en Bilbao en 1878… se ordenó sacerdote en 1902. Tenía
dones especiales para la música, canto y composición, estuvo destinado al
monasterio del Olivar de Madrid.
Después
del asalto al convento el 20 de Julio de 1936, se acogió a la hospitalidad de
al menos dos familias; pero fue arrestado a mediados de Octubre…fue incluido en
la saca masiva del 7 de Noviembre… Sufrió martirio en Paracuellos de Jarama
A partir
de aquí y en memoria de mi familia, quiero completar el relato de este durísimo
episodio en la vida de don Juan y de mi abuelo:
La casa
donde le detuvieron era la de mi abuelo Leoncio Beloqui y su familia, en ella
estuvo refugiado desde Julio hasta mediados de Octubre, es decir, tres meses.
Junto a el, los milicianos de la CNT (según testimonio de mis tíos) se
llevaron también a mi abuelo, los dos fueron encarcelados en la checa de
Porlier y fueron las tres hijas Beloqui las que se movilizaron para salvarlos a
los dos, consiguiendo que don Manuel de Irujo, Ministro del Gobierno
Republicano y de confesión católica, gestionara personalmente su liberación.
Desgraciadamente solo pudo conseguir que le entregaran a mi abuelo, con la
promesa de que liberarían a don Juan una vez le tomaran declaración; pero ni
Irujo, ni posteriormente mi familia pudieron traspasar el desgobierno en que
habían caído las instituciones de un estado acosado por el levantamiento militar
y la consiguiente respuesta popular que dio lugar a que las milicias y grupos
armados incontrolados ocuparan el vacío generado por la debilidad en que se
encontraba el Gobierno de la República.
EL CERCO DE
MADRID
“Hacia
finales de 1936 se fue cerrando el cerco a Madrid y comenzó la época de escasez
de alimentos y combustible… En Casa se pudo hacer acopio de alimentos, pocos
por falta de dinero… pero se terminaron y comenzaron las penalidades… En casa
comenzamos a quemar muebles… Estábamos en el invierno del 1937. Se quemaban los
libros de opera de mi padre…( Ángel)
En poco
tiempo los hermanos se organizaron para traer comida y leña para la casa ; pero
según pasaban los días la situación empeoraba, aunque desplegaron todos los
recursos que se puedan imaginar “…la situación era muy critica, mi madre había
perdido el cincuenta por ciento de su peso, mi padre estaba prácticamente en
los huesos. Mary tenía anemia y estaba muy delgada, los pequeños también
estábamos famélicos….
“A
primeros de 1938 en el Centro de Reclutamiento y de Instrucción Militar; los
transeúntes o los soldados con permiso iban a ese centro a por el rancho y un
chusco. Algunos comían el rancho que solía ser de lantejas con arroz y un
chusco de pan, algunos dejaban las lentejas y se guardaban el chusco. Éramos
muchos los que estábamos esperando las sobras…Chin y yo entrábamos
escondiéndonos detrás de alguien que
entraba…llevábamos dos lecheras, nos poníamos a la cola y guardábamos la vez a
algún señor. Con el tiempo algunos señores nos tomaron cariño y nos daban su
rancho y, a veces, medio chusco…
Nos
esperaban en casa para comer, pues era la única comida que entraba …Fue una
temporada bastante larga y todos nos fuimos reponiendo.
28 DE JUNIO, DETENCIÓN DE MARI
A finales
de Junio 3 funcionarios de policía de la Comisaría del Hospicio se presentaron
en casa de los Beloqui, haciéndose acompañar por la portera.
En el
Archivo General del Ministerio del Interior consta que Mari ingresa en la
prisión de mujeres de las Ventas el 28 de Junio de 1938 procedente del
Dirección General de seguridad en concepto de detenida por “Desafección al
Régimen” y es puesta en libertad el 4 de Julio
de ese mismo año.
En el
Archivo de Interior existe una copia de la comparecencia de Mary ante el
subcomisario de guardia de la Comisaría del Hospicio:
“El 27 e
Junio de 1938 a las 12 horas – a plena luz del día - es presentada la que dice llamarse Maria Beloqui Gutierrez
de 26 años.. “ A la que detienen “por figurar como afiliada a Acción Popular –
el partido de su padre – según datos facilitados por “El negociado de Control
de Nóminas” existiendo una ficha a su nombre de forma inequívoca.

Tanto ante
la policía, como ante el juez, Mari niega toda inquietud política. El juez
instruye diversas diligencias para esclarecer los hechos y mientras ordena su
ingreso en prisión. Todo el procedimiento seguido en la detección de mi madre
se hace con las garantías de un Estado de Derecho.
Quedando
de todo ello pruebas documentales a diferencia de la detención de Leoncio, casi
dos años antes, de la que no hay ningún rastro en los archivos.
En ese
tiempo las cosas han cambiado en la España Republicana; el gobierno ha
reconstruido las estructuras básicas del Estado y ha conseguido desarticular
las bandas de incontrolados y sujetar a los milicianos.
Mari sale
en libertad ocho días después de su detención, pero este hecho afectó
dolorosamente a mi abuelo, dejándole sin fuerzas, muriendo 20 días más tarde.
LA MUERTE DE
MI ABUELO
Ángel lo
recuerda así: “Mi padre al morir estaba materialmente en los huesos, apenas
comía para darnos a nosotros lo poco que podíamos reunir…Todos los hijos nos
dábamos cuenta que papá estaba malito…Padecía del corazón, cuando podía, tomaba
digitalina.
Me acuerdo
verle el último verano sentado en el balcón del comedor con las cortinas hacia
fuera ratos y ratos; parecía que dormía.
Fue una
muerte lenta, de sufrimiento al sentirse incapaz de no poder hacer nada por
nosotros… en su debilidad no podía tenerse a duras penas.
El 19 de
Julio mi padre entregaba su alma a Dios. Estaban con el mi madre y mis
hermanas.
Llamaron a
mi tío Pedro que fue quien gestionó lo del entierro. A mi padre lo amortajaron
mi madre y mis hermanas…
La
conducción del féretro de mi padre se hizo en un coche funerario, en el que
junto al conductor fuimos mi tío, mi hermano Chin y yo.” Ángel tenía 15 y Chin 13 años.
La
inanición y el dolor provocado por el desatino de la guerra acabaron con
Leoncio Beloqui Usin. Un hombre bueno.





Que bonita historia, esto si es memoria histórica y no lo de Pedrito
ResponderEliminarSe hace muy agradable y ameno de leer. Muy interesante también. Poder ver las caras y las expresiones de nuestros antepasados en los retratos le da una magia especial.
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