María Beloqui (1912-1056)

LEONCIO BELOQUI USÍN


LEONCIO BELOQUI USIN 1871-1938



Mi padre era idealista, romántico y, como buen vasco, muy religioso…
Natalia Beloqui




Leoncio Beloqui Usin era el padre de mi madre, Maria Beloqui; en consecuencia era mi abuelo. No llegamos a conocernos, murió antes de que yo naciera. Tampoco el resto de sus  nietos le llegaron a conocer.

Un retrato suyo de medio cuerpo presidía la sala de la nueva casa de los Beloqui en la calle Alonso Cano de Madrid. El retrato era el de un tipo con mostacho y guapo de cara. Durante mucho tiempo aquel retrato y su dedicación profesional a la lírica eran las únicas referencias que los nietos teníamos de él.



Leoncio nació en Azpeitia, en 1871 – año en que fue proclamada La Comuna de Paris – Era el séptimo de los once hermanos nacidos de Juan Beloqui y Manuela Usin “.Quedó inscrito en el Registro Civil de Azpeitia a las 11 horas del 13 de setiembre de 1871 en presencia de don Jose María Larrañaga, alcalde y secretario, por Don Juan Bautista, propietario y molinero que vive en el 4º piso de la casa numero 2 del Arrabal de las Monjas.”

Nº 2 calle del Arrabal de las Monjas. (Azpeitia)


                                                    
El padrón de 1881, diez años después de su nacimiento, es el ultimo documento oficial que existe en Azpeitia en el que aparece Leoncio y seis de sus once hermanos. Cinco de ellos ya no figuran empadronados allí.


28 años mas tarde, en el padrón de Madrid de 1900 aparecen dos Beloqui Usin, los dos en el mismo domicilio; se trataba de Francisca y Leoncio. Francisca es nueve años mayor que Leoncio, su hermano, y estaba casada con Lesmes Lopez Bargueda, un navarro de Bargota, con el que tenía una hija, Antonia.

Los cuatro más una sirvienta, Agapita Blasco, vivían en la calle Columela número 2, en el barrio de Salamanca.

Parece que Francisca hizo valer su autoridad de ama de la casa y acogió en ella a su hermano.

En octubre de 1902 Francisca muere de tuberculosis. No queda constancia de lo que pasó a continuación en aquella familia, tan solo queda el testimonio de  unos tarjetones para  notificar la celebración  de una misa por el alma de Francisca en la iglesia de los Jerónimos de Madrid firmados por Lesmes  como único deudor de la difunta.

Cinco años más tarde, en abril de 1907, Leoncio Beloqui  se presenta en el juzgado municipal de La Inclusa para inscribir un niño, Antonio, que había nacido el 31 de marzo de aquel año y que era hijo suyo y de Agapita Blasco, la que fuera sirvienta en la casa de Francisca y Lesmes. El domicilio  de la familia que consta en el registro estaba en la calle San Dámaso, en el distrito número 7 de la ciudad, muy cerca de la margen derecha del río Manzanares y de la Sacramental de San Isidro y muy lejos de la calle Columela y del barrio de Salamanca. Se trataba de una zona de Madrid muy humilde.

En los cinco años transcurridos entre la muerte de Francisca y el nacimiento de Antonio han pasado bastantes cosas pero no se sabe el orden. Leoncio y Agapita tienen un romance, aunque es posible que existiera antes de la desaparición de Francisca. Es fácil sospechar que la muerte de ésta precipitara las cosas. Sin su hermana en la casa, la situación de Leoncio allí debía de ser incomoda y quizá esta circunstancia le empujara a marcharse. Si bien  es posible que el y Agapita  ya hubieran decidido casarse y vivir juntos antes de la muerte de Francisca.

Sea como fuera cinco años después Leoncio y Agapita se han buscado una nueva casa, se han casado y han hecho una criatura.

Que Leoncio se casara con la sirvienta de la casa de su hermana no era un hecho frecuente, el era plenamente consciente de ello, de la misma manera que sabía que en Azpeitia no lo aprobarían. Pero entonces Madrid y Azpeitia estaban muy lejos.


Vista aérea de Azpeitia en el año 1959.

Agapita Blasco Romero, esposa de Leoncio era de Mochales, un pueblo de Guadalajara. Un año y cuatro meses después del nacimiento de Antonio se va a Mochales para tener un segundo hijo, que nació el 28 de julio de 1908. De Antonio no se supo nada más, cosa que hace pensar en un fallecimiento prematuro.

Después del nacimiento de Juan José que así se llamó su segundo hijo, Leoncio, Agapita y el niño vuelven a Madrid, pero Agapita no está bien de salud y tienen que hacer venir un ama de cria para que alimente al niño. El medico les aconseja que Agapita se vuelva al pueblo con la esperanza de que allí se recupere. Leoncio y el niño se quedan en Madrid. La salud de Agapita empeora y  hacen venir a Leoncio al pueblo. Agapita sabe que va a morir y quiere dejar las cosas de su familia en orden.
Para que ocupe su lugar le habla de una amiga del pueblo: Angela. Le dice que cuando ella se muera la busque y se case con ella. Sabe que le recibirá bien, pues Angela ya había tenido ocasión de conocerle en un viaje de paso por Madrid.

Una vez más Leoncio contó con un ángel protector. Agapita  dejó encarrilada la vida de él y del niño y se fue en paz de un mundo que  la trató francamente mal. Las cosas salieron como ella había previsto: Angela se haría cargo de Leoncio y su hijo.

Al morir Agapita, Leoncio se presentó a la familia de Angela. Aquel guipuzcoano bien plantao, vestido de forma elegante, como hombre de escenario que era y a punto de naufragar, debió conmover a la familia. Un hermano de Angela fue al convento donde estaba como postulanta, a llevarla el recado de Leoncio. Angela aceptó encantada la proposición, se cambió la ropa de un vuelo, cerró la puerta del convento por fuera y se fue a Mochales a gestionar el acontecimiento

Una vez casados volvieron a Madrid. Leoncio  Tuvo el gran detalle de plantearle a su nueva mujer que, en vista de lo poco que se conocían y las circunstancias en que se había celebrado la boda, el matrimonio no se consumaría hasta que ella lo quisiera. Angela decidió  guardar las formas durante un tiempo.

Llegados hasta aquí es oportuno conocer algunos detalles importantes de la vida de Angela. Ha quedado dicho que ella y Leoncio se habían conocido fugazmente en Madrid, en la estación de Atocha para se exactos. Angela llegaba allí camino de Panticosa y para seguir viaje debía cambiar de estación atravesando Madrid hasta la estación del Norte. Para una joven de Mochales podría ser complicado, así que la familia pensó que el prometido de Agapita -  que estaba solo en Madrid mientras ella estaba en el pueblo con los preparativos de la boda – podría acompañarla.

Cuando a la vuelta de Panticosa, Angela y Agapita se reencontraron, a la pregunta de Agapita de qué le había parecido su novio, Angela le respondió castiza y tajante “Te lo cambio por el mio y te doy dinero”. Escasamente  unas horas le bastaron a Angela para saber de que madera estaba hecho el de Azpeitia.

Así que después de unos años Agapita se lo volvió a mandar. A pesar  de que en el lote venía de regalo una criatura de meses, Angela vió el cielo abierto para alejarse definitivamente de la vitalidad torrencial de doña Eusebia, su madre, y del resentimiento que aquella mujer provocaba en el pueblo que no le perdonaba que hubiera enterrado a dos maridos, heredado sus tierras y haberse vuelto a casar; esta vez con el capataz que cuidaba las fincas de los difuntos, un hombre fuerte y más joven que ella y con el que tuvo tres hijos más

En definitiva se puede afirmar que Angela, al irse a Madrid, tomó la mejor decisión de su vida a pesar de que emprendiera el viaje con un hombre cuyo sustento dependiera de algo tan improbable como la lírica. Era una mujer fuerte, de carácter notable, que sin pestañear pasó de ser postulanta en el convento de Sigüenza a hacerse con una nueva vida que de forma inesperada se le había puesto delante.

A los tres meses del casorio y con todo en orden, decidió que ella y Leoncio ya se conocían bien y en 1911 nace Maria, su primera hija. Después llegarían cuatro hermanos más, todos en la calle San Cayetano 2, en el barrio de Embajadores, del que no saldrían hasta treinta años más tarde.

Leoncio, Angela y sus tres hijos mayores: Juan José, Luisa y Maria.

Por entonces, a pesar de que Leoncio ya tenía cierto nombre en los medios líricos de Madrid, hay pocas referencias documentadas sobre el; solo se encuentra una entrada en la Enciclopedia Vasca en la que se le cita como  “artista lírico del genero barítono, formo parte de La Compañía Italiana de Opera que vino a Bilbao en la Pascua de 1914…” siendo del Diccionario Biográfico de Cantantes Vascos de opera y zarzuela  de Nino Dentici de donde se toma la cita. Lo que confirma los recuerdos de Angel, uno de sus hijos, según los cuales su padre viajaba a Bilbao durante la temporada de opera.

Pero lo que daban de si estas actuaciones no debían cubrir las necesidades de la familia, por lo que es probable que también actuara en Madrid en alguna compañía. Entre contrato y contrato Leoncio conseguía encargos para cantar en actos religiosos, funerales y entierros. Lo que explica que el compositor  Luis Falquin en 1912 le dedicara así un miserere: “A mi amigo Leoncio Beloqui “.

Leoncio y Falquin debían trabajar juntos y compartir las fatigas y anhelos que conllevaba una pasión tan hermosa como poco rentable.

Por suerte el patrimonio de Angela – de nuevo en la vida de Leoncio aparece un angel protector - y las rentas que proporcionaban las tierras de Mochales daban la estabilidad económica  para que los hijos que iban llegando y haciendo pequeño el segundo piso de San Cayetano fueran saliendo adelante.

Me puedo imaginar a mi abuelo recorriendo Madrid, desde la Sacramental de San Isidro hasta la Catedral y de allí llegar hasta el Oratorio del Olivar, entrando en las numerosas iglesias que se encontraba a su paso en la parte vieja de la ciudad, para saber si estaba prevista alguna celebración donde fuera necesario un cantor. Así debió conocer a un paisano, Juan Mendibelzua, dominico, nacido en Bilbao en 1878, que estudió en el Seminario de Salamanca - donde unos años antes  lo hizo Leoncio - sacristán mayor y organista del Oratorio del Olivar, con el que, pasado el tiempo, compartirían el más duro episodio de sus vidas.

Ya estamos en el segundo decenio del siglo XX que para la familia  Beloqui  transcurrirá de forma tranquila, pautada de manera natural por los sucesivos nacimientos. Maria, la primera Beloqui Gutierrez, llegó en noviembre de 1911. Tres años más tarde nace Luisa. El siguiente, Natalio,  murió poco después de nacer  Ya en los años veinte las cosas no cambian: llegan Natalia, 1921, Angel en el 23 y en el 25 Leoncio.

Entre este y Juan José hay una diferencia de 17 años. A esa edad Juan José ha acabado el bachillerato en el  Instituto San Isidro. Es un estudiante trabajador y brillante que se gana la matricula de honor y al mirar la lista de los mencionados con la distinción, descubre que, lo que el creía era un error administrativo en el que  habían confundido su  segundo apellido, no era tal y en la secretaría del instituto le muestran la documentación en la que efectivamente aparece inscrito como Juan José  Beloqui Blasco hijo de Leoncio y Agapita, señora de la que hasta ese momento no había  tenído ninguna noticia

Ese dia se presenta ante sus padres, con la distinción máxima que se le otorga a un estudiante de bachiller y destrozado porque resulta que su madre no es Angela y sus hermanos lo son a medias.

Me imagino el camino de Juan José de vuelta del San Isidro a casa; a su padre con la mención de la matricula en sus manos completamente bloqueado, mirando a su hijo sin saber que decirle y a Angela abrazando a Juan José muy fuerte diciendole: “Tu eres mi hijo mayor y aquí no ha cambiado nada”. Más tarde vendrían las explicaciones.

No creo que sea necesario decirlo, pero de la descripción de esta escena, soy yo el único responsable.

Ya corren los años veinte que en España se viven con cierta euforia y Madrid se transforma en una gran metrópoli. En la familia Beloqui, las cosas deben ir bien.
En 1925 llega el último hijo y le ponen Leoncio.

Juan José se decide a estudiar medicina; de 1927  se conserva su “Carnet de identidad escolar” certificado ni más ni menos que por Juan Negrin Lopez Catedrático Secretario de la Facultad de Medicina y que 10 años más tarde sería jefe de gobierno de la República.

En el carnet hay una foto de Juan José, elegante, con traje, chaleco y pajarita, quizás sus rasgos sean la herencia que le dejo su madre, pues con el padre no se encuentra parecido.



Del 1927 hay otro carnet más de Juan José, el del “Comité Paritario Interlocal de Coristas de Madrid “  Se trata de una tarjeta profesional con el numero 00035.
Es posible que los rasgos físicos no fueran los de su padre, pero Leoncio si le transmitió su pasión por la música.

Ángel, el penúltimo de los hermanos también se vio envuelto en eso del canto. Siendo muy niño ya iba al Oratorio del Olivar donde Mendibelzua le daba clases para cantar en los oficios de las “novenas”. Según Ángel la cosa llegó al punto de que en el barrio los conocían como los cantores. Debía ser habitual que al pasar por San Cayetano 2 se oyeran los trinos que salían del segundo piso

Todo hace pensar en una familia feliz, los hijos, a medida que se hacen mayores responden a un camino bien trazado y las cosas siguen un curso natural y sin sobresaltos.

En 1929 Mari, la hija mayor, con 18 años entra a trabajar de mecanógrafa en la Asociación General de Ganaderos del Reino que tenía su sede en la calle Huertas, cerca de San Cayetano. A Luisa, la segunda, un poco más tarde la contratan en “La editorial Católica” fundada por Ángel Herrera Oria que en 1931 creó Acción Popular partido católico y abiertamente conservador. Luisa entró como secretaria del consejero delegado de la editorial Francisco Herrera  jesuita y hermano   del que fuera fundador de la editorial y el partido y que posteriormente dejo la política en España para dedicarse exclusivamente a su vocación religiosa.

Juan José acaba Medicina y empieza a ejercer en Madrid en una moderna clínica situada en una de las zonas por donde la ciudad estaba creciendo

La entrada de los treinta en España abrió una década convulsa en contraste con la bonanza y estabilidad de los años veinte. Los Beloqui se vieron envueltos de lleno en  una sucesión de acontecimientos de gran transcendencia  que tuvieron su eje en Madrid  y que se iniciaron con el resultado de las elecciones municipales celebradas en Abril de 1931, en las que las candidaturas republicanas consiguieron la mayoría en cuarenta capitales de provincia. Dos días más tarde, el 14 de Abril, es abolida la monarquía y se proclama la Segunda República  Española.

Leoncio Beloqui no se mantuvo al margen. Tener algo más de 60 años y un montón de hijos no fue obstáculo para  posicionarse de forma activa, de acuerdo con sus profundas convicciones religiosas y conservadoras, optando por formar parte, según el testimonio de sus hijos, de Acción Popular, el partido fundado por Ángel Herrera Oria, que más tarde constituiría el núcleo principal de la CEDA.

De la filiación de mi abuelo a Acción Popular no quedan pruebas documentales en el Archivo Histórico Nacional. Lo que puede deberse a que tuviera relación con personas de cierta relevancia en el partido sin estar afiliado o a que los ficheros de Acción Popular fueran destruidos por la propia organización al ser esta considerada como enemiga de de la República y declarada ilegal; Quizá se dieran ambas cosas, pues la Asociación General de Ganaderos del Reino donde trabajaba Mari era una organización que ya en su nombre deja claro de que pie cojeaba y Luisa, la segunda de las de las hijas de Leoncio, era la secretaria de Francisco Herrera Oria, consejero delegado de La Editorial Católica y hermano de Ángel que como ha quedado dicho fue el fundador del Acción Popular y de la editorial

Cuando Mari entró a trabajar  en la Asociación  de Ganaderos era el año 29 y Acción Popular se fundaría dos años más tarde; de Luisa no sabemos el año de su incorporación a la editorial lo más probable es que fueran dos o tres años después, es decir que el partido o no existía  aun  o estaba en formación; por lo tanto el abuelo debía formar parte del circulo social en que se asentó, pues da la impresión que los trabajos de Mari y Luisa salieron de ese circulo del cual el abuelo era parte.
Cabe la posibilidad que, si fuera cierto que Mari y Luisa se “colocaran” en sus trabajos por las relaciones de su padre con personas influyentes, con el paso del tiempo  estas exigiesen un peaje: en 1933 Mari se afilió al partido con la cuota de una peseta al mes. De eso si quedó prueba documental guardada en el “Negociado de Nóminas” organismo creado por la Dirección General de Seguridad republicana para detectar posibles infiltrados en sindicatos o empresas que había pasado a ser administradas por la República.

La victoria del Frente Popular en las elecciones de febrero de 1936 comportó un movimiento de oposición entre las organizaciones de derechas, la Iglesia y una parte mayoritaria de los jefes del Ejército, que derivó en una conspiración para derrocar el gobierno del Frente Popular; en esa conspiración la CEDA con Acción Popular como partido fundador, constituía la base civil. Al poco la conspiración era un secreto a voces y  la CEDA fue declarada ilegal. En la casa de los Beloqui este asunto tuvo consecuencias.

Ángel, el penúltimo de los hermanos, relata cómo su padre se queja de las represalias que sufre en el ejercicio de su profesión por su condición de católico devoto y su desafección al gobierno del Frente Popular: “En casa no teníamos dinero, solo el que ganaban mis hermanas, mi padre no podía ganar un duro, pues, como el decía, ni de corista podía cantar porque estaba perseguido”.

                                                                                                                                                                                                    

                                “HAN ASESINADO A CALVO SOTELO “


“Luisa vino un día de su lugar de trabajo, La Editorial Católica, diciendo:
-Han asesinado a Calvo Sotelo.

Vi a mis padres en una situación de inquietud y alarma. Este día era el 13 de Julio de 1936 “(párrafo de los recuerdos de Ángel Beloqui, hijo de Leoncio).

Dos días más tarde, el 15 de Julio, Luisa es encargada de llevar un mensaje urgente del General Mola al jefe de los militares conspiradores de África, el Teniente Coronel Yagüe:
 “Sin perder tiempo y con lo puesto salí para Algeciras.

- Señorita ha llegado usted tarde ( era el día 16 ) es de todo punto imposible. La orden ya está dada y la contraorden sería fatal.
Ya no cabe ningún aplazamiento, ni si quiera este de 24 horas que indica el General Mola”

La razón, según el ayudante de Mola, Félix Maíz, era que en algunos cuarteles se estaba preparando una sublevación de la tropa dirigida por oficiales afines al gobierno del Frente Popular.

Luisa tenía entonces 22 años, Ángel recuerda que "Tiempo atrás  acompañé a mi hermana a la Dirección General de Seguridad, que estaba en la calle Serrano, a sacar un pasaporte…Unos días después faltó de casa y dijeron mis padres que se había ido no recuerdo donde.

Luisa Beloqui.


Mi padre debió participar en esta colaboración de su hija, dándole autorización para realizar el viaje. Me imagino que mi madre tendría algún conocimiento sobre este asunto.

Cuando volvió (Luisa) trajo un quimono muy bonito, negro y con rosas rojas y verdes y un perfume…”

Luisa tenía un fuerte compromiso político; en línea con las convicciones políticas  de su padre. Según Leoncio hijo, también era de  “Acción Popular”.

No era ajeno a toda esto el hecho de que Luisa trabajara en La Editorial Católica como secretaria de Francisco Herrera, hermano del que había sido fundador de la editorial y del partido “Acción Popular”, que más tarde sería el núcleo fundacional de la CEDA, organización que le proporcionó a Mola la trama civil indispensable para sacar adelante el golpe contra la República.

El jefe de Luisa, Francisco Herrera, tenía una estrecha relación con Gil Robles que se había puesto abiertamente al lado de los conspiradores.

A partir de la relación con Gil Robles, Francisco Herrera, colabora en la preparación del alzamiento sirviendo de enlace entre Madrid, Mola (Pamplona) y Yagüe (África)
En esa red de enlaces que servían para comunicarlos centros de conspiración, era donde encajaba Luisa. Pero no se puede asegurar que además de aquel viaje a África, participara en alguna otra misión.

Eran días decisivos para la sublevación. Los acontecimientos se sucedían creando una atmosfera trágica: al asesinato de una personalidad del bando republicano, se respondía con otro de los conspiradores; resultando una situación envenenada a punto de desbordarse.
Los jefes de las guarniciones potencialmente rebeldes presionaban a Mola para que fijara la fecha del pronunciamiento. Yagüe envía al capitán Imaz a Pamplona con una carta para Mola: “¿Qué pasa?” Es en resumen su contenido; desde África no entienden que aún no haya una fecha para la sublevación

El día 12 Imaz sale de Pamplona con destino a África, llega a Madrid la mañana del 13. Esa madrugada aparece el cuerpo de Calvo Sotelo en el Depósito de Cadáveres del cementerio de la Almudena.

La noticia del asesinato despeja de dudas y titubeos a los partidarios del golpe.  Cuatro días más tarde, en África, los militares rebeldes ganan la partida a los que permanecían leales a la República.

Es ilustrativo de esa tensión que lo penetraba todo, la narración que el menor de los Beloqui, hace de lo que vivió los días 17 y 18 de Julio:

“El 10 de julio nos trasladamos a Cercedilla unos 20 niños (Iban a pasar un mes de vacaciones) … Los días 17 y 18 fueron movidos pues los sacerdotes estaba intranquilos. De repente en la mañana del 19 nos hacen levantarnos a las siete y nos indican que recojamos toda la ropa pues nos vamos…

Nos esperaba un autocar con la bandera roja y la hoz y el martillo en los laterales y nos hicieron subir solo a los niños. Conducía el autocar un hombre con un gorro de militar y en el asiento derecho otro con un fusil que asomaba por la ventana. Llegamos a la Gran Vía y allí nos esperaba nuestras familias

En la Península el golpe fracasó en las regiones y ciudades más pobladas, quedando España dividida en dos mitades.

En Madrid el pronunciamiento militar se encontró con una respuesta masiva que no da opción a los sublevados. La lucha fue rápida y cruel. El ambiente de enfrentamiento bélico se adueñó de los barrios más populares como Embajadores donde vivía los Beloqui.

La angustia de la guerra se coló en la familia.


“Recuerdo terrible del primer día de guerra – escribe Angel. Debió ser el día 19 cuando los militares del Cuartel de la Montaña se hicieron fuertes. Recuerdo que daban armas en la calle de la Encomienda a los milicianos que subían por la calle de Embajadores; un gentío inmenso gritando Amnistía se dirigía al Cuartel de la Montaña…Empezaron los combates en el cuartel, se oían tiros y cañonazos…”


                                      “DEJALA QUE SE QUEME”  

La iglesia de San Cayetano, que estaba en la calle de Embajadores, a unos cincuenta metros de la casa de los Beloqui, fue incendiada cuando se desató la violencia que dejó Madrid en manos de lo mejor de cada casa.
Ángel mientras contemplaba como el fuego la engullía, oía como alguna gente le  decía a los bomberos:

 “¡Déjala que se queme! “y su conmoción aumentaba delante del odio que acompañaba aquella destrucción sin sentido. A San Cayetano le siguieron la Catedral de San Isidro y otras muchas.
Los Beloqui debían estar aterrorizados; el más afectado debía ser mi abuelo. Ni en su peor pesadilla podía haber imaginado aquella situación. Los sublevados sabían que habría complicaciones, pero nada que fuera tan importante como para frenar el golpe y creían que en poco tiempo se harían  con el poder. Entre los partidarios civiles  reinaba la confianza en un desenlace rápido, de tal manera que mi abuelo vió como su familia quedaba atrapada en un Madrid inmerso en el caos.

” En los últimos días de Julio ( Recuerda Leoncio hijo) mi madre lloraba desconsolada porque la Iglesia de San Cayetano había sido quemada; en el portal donde estaba el cuadro de la Virgen de la Paloma, habían entrado los milicianos y lo habían destrozado. Mi madre decía: “¡ Qué les habrá hecho la virgen?” .
Ahí empezó la República a perder la guerra…

Mi abuelo veía como su barrio estaba dominado por gente armada sin ley y sin una autoridad visible a la que poder recurrir. Lo peor es que el había apoyado, bajo la promesa de una solución rápida, a las fuerzas que había desencadenado aquel disparate.

En fin, el mundo se le hundió bajo sus pies; cosa que a los 65 años es difícil de afrontar. Sin embargo aunque Juan José, el mayor de los hijos estaba fuera de Madrid, sus hijas María, Luisa y también Natalia eran ya tres mujeres fuertes que sabrían mantener la familia a flote. En ellas encontró Leoncio otra vez, a los ángeles que se han ido turnando en su protección a lo largo de la vida: Francisca, Agapita, Ángela y finalmente Marí, Luisa y Natalia que entraron en escena cuando más las necesitaba.


                                  JUAN MENDIBELZUA UCERIN


En Madrid las diferentes milicias y grupos incontrolados iban a la caza de todo lo que oliera a cera y sotana. El organista y sacristán mayor del Oratorio del Olivar Juan Mendibelzua tuvo que ocultarse en casa de una familia.

“…Debía de ser mediado el mes de agosto de 1936; al volver a casa de jugar yo (se trata de Ángel) con mi hermano, nos encontramos a un señor en casa y nos dijeron que se trataba del tío Juan. Yo le conocía del Oratorio.
Al parecer la cosa se puso bastante fea con los registros y la casa donde estaba ya no era segura. El resultado es que se acordaron de nuestros padres para auxiliar al dominico. A pesar del riesgo que suponía tener un fraile en casa, tomaron la decisión de darle cobijo el tiempo que fuera necesario. Fueron a recogerle mi made y mi hermana Luisa…”

“…En casa no teníamos dinero, solo el que ganaba mi hermana Mari…El padre Juan trajo unas pesetas, pero pronto se acabaron. Mi madre compraba las cosas que en aquella época se podían comprar… Esas cosas las reservaba mi madre para mi padre, pero el trozo más grande se lo comía el “tío Juan”.

Mi hermano Juanjo estaba en el Tiemblo de medico, en la llamada “Columna Rosal” (Formada por gente de la CNT y comandada por Francisco del Rosal Rico y Cipriano Mera). Montó un hospital móvil en un camión. Con frecuencia venía a Madrid.

En esos viajes dijo a mis padres que “los nacionales” estaban cerca y que vendría a recoger en varios viajes a la familia; mi padre dijo que se llevara el primero al padre Juan y luego al resto de nosotros. Al parecer por el aspecto del padre Juan los milicianos que le acompañaban no se atrevieron por la alarma que podía dar el traslado de un fraile. Dijo Juan José que se fuera también nuestro padre, pero el no quiso por temor a que no pudiera evacuarnos a todos… Pocos días después  Madrid y El Tiemblo quedaron incomunicados y nada supimos de mi hermano.

“…Debió ser a mediados de octubre cuando, volviendo a casa mi hermano Leoncio y yo, nos encontramos unos coches de milicianos en la puerta; apenas nos dejaron pasar; estaban registrando la casa, los libros de opera estaban en el suelo y medio rotos, los trajes de opera de mi padre también estaba tirados. El colchón donde dormía el padre Juan lo habían destripado para buscar dinero…

Por la tarde, los milicianos se llevaron a mi padre y al dominico…”


                   DE NUEVO LOS ANGELES PROTECTORES

“Mis hermanas (Sigue recodando Ángel) comenzaron a buscar paisanos en el partido separatista vasco” – Se trataba del Partido Nacionalista Vasco - Luisa, que por su actividad política debía conocer la organización de apoyo mutuo que la Delegación General de Euskadi había constituido en Madrid, llamada  el “Negociado de Presos y desaparecidos”, encontró al Ministro sin Cartera – posteriormente, con Negrin de presidente, lo fue de Justicia - Don Manuel de Irujo.

“Según me contó mi hermana Luisa el propio Irujo fue a la Dirección General de Seguridad, dio los nombres de Leoncio Beloqui y Juan Mendibelzua. Solo consiguió sacar esa noche a mi padre, con la promesa de que al día siguiente, una vez tomada declaración, liberarían al padre Juan…”


Don Manuel de Irujo.

Que un Ministro no consiguiera la puesta en libertad de los dos detenidos, da una idea del vacío de poder de aquellos primeros  meses en los que las milicias de las diferentes organizaciones sindicales y políticas hacían y deshacían, actuando como una policía paralela, con sus propias patrullas,  centros de detención y situándose al margen de cualquier control del Estado.
Por esa razón en el Archivo Histórico Nacional no existe constancia ni documentación de la detección de mi abuelo y de Juan Mendibelzua.

“Mi padre llegó, acompañado por Luisa y Natalia, muy entrada la madrugada… Decía mi madre que mi padre pasó unas horas de verdadera agonía pues, al salir pensaba que le darían el llamado “paseo”…

Seguimos la pista del padre Juan. nos dijeron que le habían trasladado a la cárcel Modelo…Un día mi madre y yo le llevamos una manta; no le pudimos ver...Otra semana fuimos para entregarle una gabardina y nos dijeron que le habían trasladado a la checa de Porlier, nos la recogieron diciendo que ellos se la harían llegar.

Hicieron gestiones mis hermanas en la checa y en la cárcel y nunca le pudieron encontrar fingiendo traslados. Debieron matarlo en una de las primera sacas de La Modelo…”

En la web de “Los dominicos de España” una de las entradas titulada “Biografías” comienza así:

“Relacionamos a continuación una breve semblanza de los mártires beatificados…Entre estos mártires se encuentra Juan Mendibelzua  Ucerin nacido en Bilbao en 1878… se ordenó sacerdote en 1902. Tenía dones especiales para la música, canto y composición, estuvo destinado al monasterio del Olivar de Madrid.
Después del asalto al convento el 20 de Julio de 1936, se acogió a la hospitalidad de al menos dos familias; pero fue arrestado a mediados de Octubre…fue incluido en la saca masiva del 7 de Noviembre… Sufrió martirio en Paracuellos de Jarama

A partir de aquí y en memoria de mi familia, quiero completar el relato de este durísimo episodio en la vida de don Juan y de mi abuelo:

La casa donde le detuvieron era la de mi abuelo Leoncio Beloqui y su familia, en ella estuvo refugiado desde Julio hasta mediados de Octubre, es decir, tres meses. Junto a el, los milicianos de la CNT  (según testimonio de mis tíos) se llevaron también a mi abuelo, los dos fueron encarcelados en la checa de Porlier y fueron las tres hijas Beloqui las que se movilizaron para salvarlos a los dos, consiguiendo que don Manuel de Irujo, Ministro del Gobierno Republicano y de confesión católica, gestionara personalmente su liberación. Desgraciadamente solo pudo conseguir que le entregaran a mi abuelo, con la promesa de que liberarían a don Juan una vez le tomaran declaración; pero ni Irujo, ni posteriormente mi familia pudieron traspasar el desgobierno en que habían caído las instituciones de un estado acosado por el levantamiento militar y la consiguiente respuesta popular que dio lugar a que las milicias y grupos armados incontrolados ocuparan el vacío generado por la debilidad en que se encontraba el Gobierno de la República.


                                   EL CERCO DE MADRID

“Hacia finales de 1936 se fue cerrando el cerco a Madrid y comenzó la época de escasez de alimentos y combustible… En Casa se pudo hacer acopio de alimentos, pocos por falta de dinero… pero se terminaron y comenzaron las penalidades… En casa comenzamos a quemar muebles… Estábamos en el invierno del 1937. Se quemaban los libros de opera de mi padre…( Ángel)

En poco tiempo los hermanos se organizaron para traer comida y leña para la casa ; pero según pasaban los días la situación empeoraba, aunque desplegaron todos los recursos que se puedan imaginar “…la situación era muy critica, mi madre había perdido el cincuenta por ciento de su peso, mi padre estaba prácticamente en los huesos. Mary tenía anemia y estaba muy delgada, los pequeños también estábamos famélicos….

“A primeros de 1938 en el Centro de Reclutamiento y de Instrucción Militar; los transeúntes o los soldados con permiso iban a ese centro a por el rancho y un chusco. Algunos comían el rancho que solía ser de lantejas con arroz y un chusco de pan, algunos dejaban las lentejas y se guardaban el chusco. Éramos muchos los que estábamos esperando las sobras…Chin y yo entrábamos escondiéndonos detrás  de alguien que entraba…llevábamos dos lecheras, nos poníamos a la cola y guardábamos la vez a algún señor. Con el tiempo algunos señores nos tomaron cariño y nos daban su rancho y, a veces, medio chusco…

Nos esperaban en casa para comer, pues era la única comida que entraba …Fue una temporada bastante larga y todos nos fuimos reponiendo.


                             28 DE JUNIO, DETENCIÓN DE MARI

A finales de Junio 3 funcionarios de policía de la Comisaría del Hospicio se presentaron en casa de los Beloqui, haciéndose acompañar por la portera.

En el Archivo General del Ministerio del Interior consta que Mari ingresa en la prisión de mujeres de las Ventas el 28 de Junio de 1938 procedente del Dirección General de seguridad en concepto de detenida por “Desafección al Régimen” y es puesta en libertad el 4 de Julio  de ese mismo año.

En el Archivo de Interior existe una copia de la comparecencia de Mary ante el subcomisario de guardia de la Comisaría del Hospicio:

“El 27 e Junio de 1938 a las 12 horas – a plena luz del día - es presentada  la que dice llamarse Maria Beloqui Gutierrez de 26 años.. “ A la que detienen “por figurar como afiliada a Acción Popular – el partido de su padre – según datos facilitados por “El negociado de Control de Nóminas” existiendo una ficha a su nombre de forma inequívoca.



Tanto ante la policía, como ante el juez, Mari niega toda inquietud política. El juez instruye diversas diligencias para esclarecer los hechos y mientras ordena su ingreso en prisión. Todo el procedimiento seguido en la detección de mi madre se hace con las garantías de un Estado de Derecho.

Quedando de todo ello pruebas documentales a diferencia de la detención de Leoncio, casi dos años antes, de la que no hay ningún rastro en los archivos.

En ese tiempo las cosas han cambiado en la España Republicana; el gobierno ha reconstruido las estructuras básicas del Estado y ha conseguido desarticular las bandas de incontrolados y sujetar a los milicianos.

Mari sale en libertad ocho días después de su detención, pero este hecho afectó dolorosamente a mi abuelo, dejándole sin fuerzas, muriendo 20 días más tarde.


                                  LA MUERTE DE MI ABUELO

Ángel lo recuerda así: “Mi padre al morir estaba materialmente en los huesos, apenas comía para darnos a nosotros lo poco que podíamos reunir…Todos los hijos nos dábamos cuenta que papá estaba malito…Padecía del corazón, cuando podía, tomaba digitalina.

Me acuerdo verle el último verano sentado en el balcón del comedor con las cortinas hacia fuera ratos y ratos; parecía que dormía.

Fue una muerte lenta, de sufrimiento al sentirse incapaz de no poder hacer nada por nosotros… en su debilidad no podía tenerse a duras penas.

El 19 de Julio mi padre entregaba su alma a Dios. Estaban con el mi madre y mis hermanas.

Llamaron a mi tío Pedro que fue quien gestionó lo del entierro. A mi padre lo amortajaron mi madre y mis hermanas…

La conducción del féretro de mi padre se hizo en un coche funerario, en el que junto al conductor fuimos mi tío, mi hermano Chin y yo.” Ángel tenía 15 y Chin 13 años. 

La inanición y el dolor provocado por el desatino de la guerra acabaron con Leoncio Beloqui Usin. Un hombre bueno.






2 comentarios:

  1. Que bonita historia, esto si es memoria histórica y no lo de Pedrito

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  2. Se hace muy agradable y ameno de leer. Muy interesante también. Poder ver las caras y las expresiones de nuestros antepasados en los retratos le da una magia especial.

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